R.I.P.
Estás muerto. Te acaba de atropellar una pandilla de canis borrachos y drogados y se han dado a la fuga. Antes de atravesar el túnel para llegar a la luz, algo desde el otro lado te explica que tienes una última oportunidad para comunicarte con el mundo de los vivos.
Tienes dos opciones pero como fantasma, solo podrás centrarte en una de ellas. Digamos que no tendrás “energía espiritual” para hacer una cosa y luego la otra. Es lo que tiene el más allá.
Por un lado, puedes centrarte en transmitir un mensaje a tus seres queridos para hacerles saber que vas a ir a un sitio mejor. Podrás hablarles en sueños, arroparlos en mitad de la noche, hacer que salte vuestra canción en el iPod de tu novia. Cosas bonitas vamos.
Por otro lado, puedes aterrorizar a la panda de indeseables que acabó injustamente con tu vida. Les escribirás en el vaho del espejo del baño y en las paredes con sangre. Harás que las puertas den portazos a su lado y dejarás arañazos en el cabecero de sus camas. Todo lo que se te ocurra para que se caguen por la pata abajo.
Una vez pases al más allá definitivamente, no te juzgarán por tus actos como espectro, pongamos que te dan carta blanca.


