Salir de rositas.
Circulas de noche por una carretera secundaria en mitad de un bosque y ¡pim! atropellas a un desconocido. Típico.
Intentas socorrerlo pero ha quedado hecho boloñesa. Tu móvil no tiene cobertura. Por allí no pasa ni dios. Intentas buscar entre sus restos alguna identificación pero el tipo no llevaba ni cartera ni móvil ni na de na.
Vuelves al coche a recapacitar y te das cuenta de que, milagrosamente, no ha recibido ni un rasguño ni salpicadura de sangre. Además, el coche es de alquiler y estás haciendo el trayecto al aeropuerto para volver a casa tras unas vacaciones en un sitio remoto. Podrías devolverlo al rent-a-car y salir de rositas pero el cadáver sigue allí.
Tras recapacitar diriges tu mirada al cuerpo sin vida del desconocido y ves que una manada de lobos se está zampando y llevando los pocos restos que quedan. Pronto no dejarán nada. Parece que el universo conspira para que nadie sepa nunca lo que acaba de suceder.
Tendrías que comunicarlo a las autoridades, piensa en la familia del sujeto (en caso de que tuviera, cosa que no sabemos), tal vez no llevase identificación pero sería sencillo reconocerlo si existe una denuncia por desaparición en esa zona. Puede que sus hijos aún esperen que papá vuelva de ir a cojer setas. Aunque, por otro lado, lo más fácil sería callarse y olvidarlo, pero…


